Por Víctor Hugo Denis: Las Dos Campanas
Una vez más, la historia se repite. Mientras los gobiernos discuten números, estadísticas y ajustes, millones de jubilados argentinos siguen siendo las principales víctimas de décadas de errores políticos, promesas incumplidas y decisiones que siempre terminan descargando el peso de la crisis sobre quienes trabajaron toda una vida.
Hoy, un jubilado que percibe alrededor de $420.000 mensuales enfrenta una realidad devastadora: debe dividir ese ingreso entre servicios, medicamentos y alimentos. La ecuación es imposible. Pagar la luz, el gas, el agua y los impuestos consume una parte importante de sus haberes; los remedios, cada vez más caros, se llevan otra porción; y lo que queda apenas alcanza para comer.
La pregunta es inevitable: ¿cómo puede vivir dignamente una persona que aportó durante décadas al sistema y que, al llegar a la vejez, es condenada a la pobreza?
Los jubilados no solo sufren salarios insuficientes. También padecen el abandono de una dirigencia política que, elección tras elección, les promete mejoras que jamás llegan. Desde hace décadas escuchan discursos sobre la defensa de los adultos mayores, pero la realidad demuestra exactamente lo contrario.
Cuando reclaman en las calles por una jubilación digna, muchas veces reciben indiferencia, represión o son tratados como un problema. Se los escucha durante las campañas electorales y se los olvida una vez que se cuentan los votos.
La historia argentina está llena de promesas incumplidas. Distintos gobiernos aseguraron que terminarían con la pobreza, mejorarían el poder adquisitivo y garantizarían una vejez tranquila. Sin embargo, miles de jubilados continúan eligiendo entre comprar medicamentos o llenar la heladera.
Mientras tanto, gran parte de la dirigencia política mantiene salarios, dietas y privilegios que están a años luz de la realidad cotidiana de quienes sobreviven con una jubilación mínima. La distancia entre la clase política y los jubilados parece cada vez más grande.
Resulta imposible hablar de justicia social cuando quienes construyeron el país con su trabajo no pueden cubrir necesidades básicas. No se trata de una cuestión partidaria ni de una gestión en particular: es una deuda histórica que atraviesa gobiernos de distintos signos políticos y que sigue sin resolverse.
Los jubilados no necesitan discursos ni promesas de campaña. Necesitan ingresos que les permitan vivir con dignidad, acceder a sus medicamentos, alimentarse correctamente y afrontar los gastos esenciales sin caer en la desesperación.
Porque una sociedad que abandona a sus mayores está renunciando a uno de sus principios más elementales: el respeto por quienes dedicaron toda una vida al trabajo y al esfuerzo.
Y mientras la política continúa discutiendo responsabilidades, millones de jubilados siguen esperando algo tan simple como justo: una jubilación que les permita vivir, y no apenas sobrevivir.
Por Lad Dos Campanas.






















