Por Víctor Hugo Denis – Las Dos Campanas
La historia argentina parece un eterno regreso a las mismas crisis. Cambian los nombres, cambian los partidos políticos y cambian los discursos, pero millones de argentinos siguen enfrentando los mismos problemas: inflación, pobreza, desempleo, pérdida del poder adquisitivo y jubilaciones que no alcanzan para vivir.
La gran pregunta que surge es inevitable: ¿los responsables son únicamente los políticos o también existe una responsabilidad colectiva de una sociedad que durante décadas volvió a depositar su confianza en dirigentes que prometieron soluciones y terminaron profundizando los problemas?
Durante el primer peronismo, la Argentina vivió una etapa de fuerte crecimiento industrial, ampliación de derechos laborales y mejora de las condiciones de vida de los trabajadores. Sin embargo, las décadas posteriores estuvieron marcadas por enfrentamientos políticos, golpes de Estado y una economía cada vez más inestable.
Cuando Raúl Alfonsín recuperó la democracia en 1983 recibió un país devastado por la dictadura militar, con una enorme deuda externa y una inflación creciente. A pesar del valor histórico de restaurar las instituciones democráticas, su gobierno terminó atrapado por la hiperinflación de 1989, que pulverizó salarios y jubilaciones y llevó la pobreza a niveles inéditos.
La llegada de Carlos Menem prometió una revolución productiva y un salariazo. La convertibilidad estabilizó los precios y dio una sensación de prosperidad, pero detrás de la ilusión del «uno a uno» avanzaron las privatizaciones, el cierre de industrias nacionales y el aumento del desempleo. Los argentinos viajaban y compraban productos importados baratos mientras gran parte del aparato productivo se debilitaba. La famosa frase «todo por dos pesos» se convirtió en símbolo de una época donde ingresaban mercancías extranjeras a precios imposibles de competir para la industria local.
Luego llegó Fernando de la Rúa, quien mantuvo el modelo económico heredado. La recesión, el endeudamiento y las políticas de ajuste profundizaron la crisis hasta desembocar en el estallido social de 2001. Aparecieron los clubes de trueque, los bonos provinciales como el Patacón y las cuasimonedas nacionales como el Lecop, reflejando la falta de dinero circulante y la desesperación de millones de argentinos.
Veinticinco años después, la Argentina vuelve a discutir problemas que parecían superados. Jubilados que no llegan a fin de mes, trabajadores que pierden poder adquisitivo, comercios que cierran y familias obligadas a reducir su consumo para sobrevivir.
Los defensores del actual gobierno sostienen que el ajuste es necesario para corregir décadas de desequilibrios económicos. Sus críticos, en cambio, denuncian que el costo de esas medidas recae sobre e jubilados, y los trabajadores, pequeñas empresas y sectores vulnerables, mientras crece el conflicto social.
La democracia garantiza el derecho a protestar y también el derecho a gobernar. El desafío de cualquier administración es encontrar el equilibrio entre el orden público y el respeto irrestricto de las libertades civiles. Cuando una parte importante de la sociedad siente que no puede expresar su descontento sin ser estigmatizada o reprimida, la tensión política se profundiza.
La historia demuestra que ninguna crisis argentina nació de un solo gobierno ni se explica por una única causa. Hay responsabilidades compartidas entre dirigentes políticos, sectores económicos, corporaciones, sindicatos y también una ciudadanía que muchas veces fue llevada a elegir entre falsas promesas y soluciones mágicas.
Sin embargo, hay una verdad que atraviesa todas las épocas: cuando los jubilados tienen que elegir entre comer o comprar medicamentos, cuando los trabajadores tienen empleo pero siguen siendo pobres y cuando los jóvenes sienten que el futuro está fuera de su país, la política en su conjunto fracasa en su misión fundamental.
La Argentina no necesita emperadores, salvadores ni mesías. Necesita dirigentes capaces de construir un proyecto nacional que devuelva dignidad al trabajo, proteja a los jubilados, fortalezca la producción y garantice oportunidades para las nuevas generaciones.
Porque la verdadera grieta no es entre peronistas, radicales o libertarios. La verdadera grieta es entre quienes viven de su trabajo y quienes, gobierno tras gobierno, siguen pagando las consecuencias de los errores de una dirigencia que aún no logró resolver los problemas estructurales del país.























