Por; Victor Hugo Denis, Las Dos Campanas
La imagen de jubilados revolviendo bolsas de basura para encontrar algo que comer debería avergonzar a cualquier gobierno. Después de una vida de trabajo y aportes, miles de adultos mayores sobreviven con ingresos que no alcanzan para cubrir alimentos, medicamentos y servicios básicos. La promesa de una vejez digna se ha convertido para muchos en una lucha diaria contra el hambre y la desesperación.
Los casos se multiplican. Un jubilado fue detenido tras intentar llevarse carne de un supermercado porque no tenía dinero para alimentarse. Entre lágrimas, pidió perdón y confesó que pasaba hambre. Detrás de ese episodio no hay un delincuente: hay una realidad social que expone el fracaso de quienes tienen la responsabilidad de garantizar condiciones mínimas de vida a los sectores más vulnerables.
La situación alcanzó un nivel de extrema gravedad con la conmoción generada por una jubilada de 63 años que se arrojó a las vías del Tren Roca en Florencio Varela. Más allá de las circunstancias particulares, el hecho vuelve a encender las alarmas sobre el impacto que la crisis económica y la falta de contención social tienen sobre miles de personas mayores.
Mientras el Gobierno nacional defiende el ajuste fiscal y celebra indicadores macroeconómicos, en los barrios la realidad muestra otra cara: jubilados que eligen entre comprar remedios o alimentos, que dependen de la ayuda de familiares o de comedores comunitarios, y que sienten que el Estado les ha dado la espalda.
La pregunta es inevitable: ¿hasta cuándo podrán soportar esta situación quienes trabajaron toda una vida esperando una jubilación digna? El debate sobre la economía no puede ignorar el drama humano que viven millones de argentinos. Porque detrás de cada número hay personas, y entre ellas, quienes más merecen respeto son aquellos que construyeron el país con décadas de esfuerzo y hoy enfrentan la pobreza en la última etapa de sus vidas.























