Por Las Dos Campanas | Víctor Hugo Denis
Argentina atraviesa una realidad que duele y que ya no puede esconderse detrás de discursos políticos ni estadísticas. Mientras los trabajadores luchan todos los días para llegar a fin de mes, miles de jóvenes sienten que el futuro se les escapa de las manos.
El trabajo dejó de ser garantía de progreso. Tener un empleo ya no significa necesariamente poder acceder a una vivienda, formar una familia, estudiar o vivir con dignidad. Los salarios pierden frente al costo de vida, los servicios aumentan y cada compra en el supermercado se convierte en una preocupación.
Y mientras tanto, una generación de jóvenes crece con una pregunta cada vez más difícil de responder: ¿qué futuro les espera?
Muchos estudian y no encuentran oportunidades. Otros trabajan en condiciones precarias, con ingresos insuficientes y sin estabilidad. Hay jóvenes que directamente abandonan sus proyectos porque no pueden sostenerlos. La idea de independizarse, alquilar una vivienda o construir un hogar parece, para muchos, cada vez más lejana.
Los trabajadores tampoco tienen margen. La presión económica se siente en cada hogar: alquiler, alimentos, transporte, medicamentos, impuestos y servicios. El sueldo entra y desaparece rápidamente. El esfuerzo de toda una vida parece no alcanzar para garantizar una vida digna.
Esta no debería ser la normalidad de un país con enormes recursos y una población que durante décadas trabajó, produjo y sostuvo al Estado.
La pregunta que queda sobre la mesa es inevitable: ¿qué país estamos construyendo?
Un país donde el trabajador sobrevive, el jubilado sufre y el joven no encuentra horizonte no puede ser presentado como un país que avanza. El crecimiento económico, si no se transforma en empleo digno, salarios suficientes y oportunidades reales, termina siendo una cifra vacía para quienes todos los días hacen malabares para sobrevivir.
La Argentina necesita discutir seriamente su futuro. No solamente cuánto se ajusta, sino quién paga ese ajuste, quién queda afuera y qué proyecto de país se está construyendo.
Porque detrás de cada número hay una familia. Detrás de cada trabajador hay una historia. Y detrás de cada joven que pierde la esperanza hay una sociedad que está fallando en garantizarle una oportunidad.
Un país sin trabajo digno, sin movilidad social y sin futuro para sus jóvenes no está solucionando sus problemas: está hipotecando su mañana.























