Por Las Dos Campanas | Víctor Hugo Denis
Hubo una época en la que el Día del Niño era una fecha esperada por las familias. Aunque hubiera dificultades, siempre se hacía un esfuerzo para comprar un juguete, una pelota, una muñeca o algún regalo sencillo que dibujara una sonrisa en los más chicos.
Hoy la realidad es otra.
Miles de padres llegaron a este Día del Niño con una preocupación mucho más grande que elegir un regalo: pensar cómo pagar la comida, la luz, el gas, el alquiler o el transporte para ir a trabajar. En muchos hogares argentinos, el juguete quedó relegado por una necesidad más urgente: sobrevivir.
La crisis económica está golpeando con fuerza a quienes viven de un salario. Los aumentos constantes redujeron el poder de compra de las familias y cada peso debe ser calculado con precisión. Lo que antes alcanzaba para llenar una bolsa de compras, hoy apenas cubre algunos productos básicos.
La situación se vuelve aún más dura cuando se observa el costo del transporte. Un trabajador que utiliza varios colectivos por día para llegar a su empleo puede gastar cerca de $180.000 mensuales solamente para trasladarse. Es dinero que sale del bolsillo antes de comprar alimentos, medicamentos o útiles escolares para sus hijos.
Mientras tanto, los comercios también sienten el impacto. Las ventas caen porque la gente ya no compra por deseo, sino por necesidad. Las jugueterías, los negocios de barrio y los centros comerciales vieron cómo muchas familias recorrieron vidrieras, preguntaron precios y se fueron con las manos vacías.
Pero detrás de los números hay historias humanas.
Hay chicos que este año no recibieron ningún regalo. Hay madres que tuvieron que explicarles a sus hijos que no podían comprarles lo que pedían. Hay abuelos que quisieron ayudar y tampoco pudieron porque sus jubilaciones apenas alcanzan para comer y comprar remedios.
Esa es la verdadera cara de la crisis.
Un país no puede sentirse exitoso cuando cada vez más familias deben elegir entre un juguete y un plato de comida. No puede hablarse de recuperación económica cuando el esfuerzo de quienes trabajan alcanza cada vez para menos y cuando la infancia comienza a sufrir las consecuencias del ajuste.
Los niños no entienden de déficit fiscal, mercados o estadísticas. Entienden de ilusiones, de sueños y de pequeños momentos de felicidad. Por eso duele ver que, en muchos hogares, el Día del Niño se convirtió en un recordatorio de todo lo que ya no se puede comprar.
Porque cuando una familia tiene que elegir entre llevar pan a la mesa o darle un regalo a su hijo, no estamos frente a un simple problema económico. Estamos frente a una realidad social que golpea la dignidad de millones de argentinos y que ningún gobierno debería ignorar. Las Dos Campanas-























