Por Las Dos Campanas | Víctor Hugo Denis
La pobreza en la Argentina ya no se mide solamente por un plato de comida faltante en la mesa. Hoy también se refleja en algo tan básico como la imposibilidad de comprar una campera para el invierno, un par de zapatillas para ir a la escuela o ropa digna para no sentirse excluido.
El último informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la UCA expone una realidad alarmante: el 37,5% de los niños, niñas y adolescentes argentinos tuvo dificultades para acceder a ropa o calzado por motivos económicos durante el último año. Detrás de ese porcentaje hay millones de chicos que crecen en hogares donde cada compra implica una elección dolorosa entre comer, pagar los servicios o vestirse.
La situación es todavía más grave en los sectores más humildes. Allí, el problema alcanza al 58,3% de los menores, mientras que en los sectores medios-altos afecta al 17,8%. La desigualdad ya no es una estadística: es una realidad que separa a los chicos según el barrio donde nacieron y el ingreso de sus familias.
Pero la tragedia social no termina en la falta de ropa. El informe revela que el 36,8% de los menores presenta dificultades de aprendizaje, el 27,3% tiene problemas para relacionarse o hacer amistades y el 18,1% atraviesa situaciones de malestar emocional. La pobreza no solo vacía bolsillos: también golpea la autoestima, las oportunidades y los sueños de toda una generación.
Mientras desde los despachos oficiales se celebran indicadores macroeconómicos y se habla de equilibrio fiscal, en los barrios populares la realidad muestra otra cara: chicos que llegan a la escuela con frío, familias que recorren ferias buscando ropa usada y padres que hacen esfuerzos imposibles para evitar que sus hijos sientan la humillación de no tener lo mismo que sus compañeros.
La vestimenta no es un lujo. Es identidad, integración y dignidad. Cuando un niño no puede vestirse adecuadamente, también se ve afectada su participación social, su confianza y su desarrollo. La pobreza deja de ser solamente material para convertirse en exclusión.
Argentina enfrenta un desafío que no puede seguir postergándose. Porque detrás de cada porcentaje hay una infancia que espera respuestas. Y cuando un país naturaliza que millones de chicos no puedan acceder a algo tan básico como ropa o calzado, el problema ya no es económico: es moral y social.























