Por Víctor Hugo Denis | Las Dos Campanas
La celebración de San Cayetano volvió a convertirse en el espejo de una realidad que millones de argentinos padecen todos los días. En una homilía cargada de contenido social, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, lanzó un mensaje contundente que golpeó de lleno sobre una de las principales promesas del gobierno de Javier Milei: la mejora de las condiciones de vida de la población.
“Hay que tener dos o más empleos para llegar a fin de mes”, advirtió el arzobispo ante miles de fieles que se acercaron al santuario para pedir trabajo, pan y dignidad. También cuestionó los salarios que no alcanzan, el aumento de los alimentos, las tarifas, los alquileres y el creciente endeudamiento de las familias argentinas.
Las palabras de García Cuerva no fueron un discurso partidario. Fueron la descripción de una realidad que atraviesa barrios, fábricas, comercios y hogares de todo el país. Mientras el Gobierno celebra indicadores financieros y promete un futuro de prosperidad, millones de trabajadores viven una situación cada vez más precaria, obligados a multiplicar jornadas laborales para sostener a sus familias.
Los datos son alarmantes. Desde la llegada de Milei a la Casa Rosada se perdieron cerca de 400.000 empleos formales, mientras crece la informalidad y los trabajos precarios vinculados a aplicaciones o actividades de subsistencia. La promesa de que la flexibilización laboral generaría más empleo aún no se refleja en la vida cotidiana de los argentinos.
El arzobispo fue más allá y cuestionó una visión económica basada exclusivamente en el mercado. “La libertad económica no puede ser absoluta”, afirmó, señalando que la economía debe estar al servicio de la dignidad humana y del bien común. Un mensaje que contrasta con la lógica del ajuste permanente impulsada por el oficialismo.
Mientras los funcionarios hablan de recuperación económica, en las calles crece la angustia. Familias que recurren a créditos para comprar alimentos, jubilados que deben elegir entre medicamentos o comida y trabajadores que, aun teniendo empleo, continúan siendo pobres. La imagen de personas revolviendo basura para alimentarse, mencionada por García Cuerva, refleja una herida social que no puede ocultarse detrás de estadísticas macroeconómicas.
La fiesta de San Cayetano dejó algo más que una celebración religiosa. Dejó un mensaje político y social imposible de ignorar: cuando trabajar ya no alcanza para vivir dignamente, el problema no es individual, sino el resultado de un modelo económico que concentra beneficios en pocos sectores mientras amplias mayorías siguen esperando que el prometido bienestar llegue alguna vez.
Hoy, la pregunta que resuena en millones de hogares argentinos es simple y brutal: si hay que tener dos o tres trabajos para sobrevivir, ¿de qué libertad económica habla el Gobierno?
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