Mientras miles de jubilados afiliados al PAMI atraviesan enfermedades, internaciones prolongadas y tratamientos complejos, crecen las denuncias por las condiciones en las que muchos de ellos son atendidos en clínicas y sanatorios contratados por la obra social más grande del país.
Familiares de pacientes aseguran que en algunos establecimientos faltan servicios básicos indispensables para una internación digna. Relatan situaciones en las que personas mayores no pueden bañarse por la ausencia de agua caliente, padecen deficiencias en la higiene de las habitaciones y permanecen durante horas o días en condiciones que consideran inaceptables para cualquier ser humano.
La indignación aumenta cuando son los propios familiares quienes terminan realizando tareas que deberían estar garantizadas por las instituciones de salud: cambiar sábanas sucias, asistir en la higiene personal o reclamar atención médica para pacientes vulnerables que muchas veces no pueden defenderse por sí mismos.
La pregunta que surge es inevitable: ¿quién controla estas situaciones? ¿Dónde están las inspecciones y auditorías que deberían garantizar una atención digna para los afiliados? Los jubilados no son números en una planilla ni un gasto del sistema. Son hombres y mujeres que trabajaron durante décadas, aportaron al Estado y sostuvieron con su esfuerzo el sistema previsional y de salud.
Resulta difícil comprender cómo quienes construyeron el país terminan enfrentando situaciones de abandono, indiferencia o falta de respuestas en el momento de mayor fragilidad de sus vidas. La vejez debería estar acompañada de cuidados, respeto y protección, no de incertidumbre y sufrimiento.
La responsabilidad de garantizar prestaciones de calidad no puede recaer exclusivamente sobre las familias. El Estado, los organismos de control y las instituciones prestadoras tienen la obligación de asegurar que cada afiliado reciba atención médica adecuada, condiciones de higiene dignas y un trato humano.
Cuando un jubilado pasa frío, cuando no puede higienizarse, cuando permanece internado sin las condiciones mínimas de bienestar, no se trata solamente de una falla administrativa. Se trata de una profunda deuda moral con quienes dedicaron gran parte de su vida al trabajo y al desarrollo de la sociedad.
Los adultos mayores merecen respeto, dignidad y cuidados de calidad. Cualquier sistema de salud que no pueda garantizar esos principios básicos está fallando en su misión más importante: proteger a quienes más lo necesitan.




















