Miles y miles de fanáticos colmaron Avellaneda para despedir a una de las figuras más importantes de la música nacional: el Indio Solari. A sus 77 años, el artista dejó una huella imborrable en varias generaciones y su partida movilizó una marea humana que paralizó la ciudad. El domingo, transitar por Avellaneda era prácticamente imposible: las calles estaban desbordadas y no cabía un alfiler.
La imagen volvió a poner sobre la mesa una realidad que la política muchas veces no logra comprender: existen figuras populares capaces de convocar multitudes sin estructuras partidarias, sin aparatos políticos y sin campañas millonarias. El Indio Solari fue una de ellas.
La historia recuerda otro fenómeno similar con Rodrigo, el Potro Cordobés. Tras su muerte, miles de seguidores se acercaron a despedirlo en Lanús, en una ceremonia organizada por el entonces intendente Manuel Quindimil, quien entendió la dimensión social y cultural que representaba el cantante para el pueblo. Años más tarde, Jorge Ferraresi también acompañó manifestaciones populares vinculadas a grandes referentes de la música.
Sin embargo, cada vez que ocurre una convocatoria masiva surge la misma pregunta: ¿qué tiene que ver la política con estas despedidas? La respuesta parece simple: muy poco. Porque el sentimiento popular no tiene dueño y tampoco responde a banderas partidarias. Ni los gobiernos ni los dirigentes son los protagonistas de estos acontecimientos. Los verdaderos protagonistas son los miles de seguidores que encuentran en estos artistas una parte de su vida, de sus recuerdos y de su identidad cultural.
El Indio Solari y Rodrigo, el Potro Cordobés, trascendieron gobiernos, partidos políticos e ideologías. Fueron fenómenos culturales capaces de movilizar multitudes como pocos en la historia argentina. Su legado no se mide por reconocimientos oficiales ni por homenajes políticos, sino por el amor incondicional de la gente.
Lo ocurrido en Avellaneda volvió a demostrar que cuando un ícono popular se despide, el pueblo responde. Y responde de una manera que muchas veces la política observa con sorpresa: llenando calles, cortando avenidas y transformando una ciudad entera en un inmenso homenaje. Porque hay figuras que marcan generaciones enteras y dejan una huella que ni el tiempo ni la política pueden borrar.























