Por Víctor Hugo Denis | Las Dos Campanas
Mientras el Gobierno nacional insiste con su política de ajuste permanente sobre jubilados, trabajadores, universidades, hospitales y programas sociales, ahora son las propias cámaras empresarias las que empiezan a advertir que el camino elegido tiene límites cada vez más evidentes.
El reclamo es claro: bajar impuestos para aliviar los costos de producción, pero al mismo tiempo combatir con mayor firmeza la evasión fiscal y la economía informal que mueve miles de millones de pesos por fuera del sistema. En otras palabras, las empresas sostienen que no alcanza con seguir recortando el gasto público; también hay que salir a buscar a quienes no pagan impuestos.
La situación expone una contradicción que el gobierno de Javier Milei ya no puede ocultar. Durante meses el discurso oficial se apoyó en el ajuste como herramienta central para equilibrar las cuentas públicas. Sin embargo, cuando la economía se enfría, el consumo cae y la actividad productiva pierde dinamismo, la recaudación también se desploma.
Hoy el problema es evidente: si el Gobierno quiere reducir la presión tributaria, necesita reemplazar esos ingresos de alguna manera. Y con un mercado interno golpeado, comercios cerrando, industrias trabajando por debajo de su capacidad y miles de trabajadores perdiendo poder adquisitivo, cada vez hay menos margen para seguir exprimiendo a los sectores formales de la economía.
Las cámaras empresarias advierten que la competencia desleal de la informalidad perjudica a quienes cumplen con todas las obligaciones. Mientras algunos pagan impuestos, cargas laborales y costos financieros cada vez más altos, otros operan completamente al margen de los controles estatales. El resultado es una economía cada vez más desigual, donde el que cumple termina siendo castigado.
La discusión también deja al descubierto otra realidad incómoda: después de meses de motosierra, los propios sectores productivos empiezan a reconocer que el ajuste por sí solo no genera crecimiento. Sin consumo, sin inversión y sin un mercado interno activo, las empresas venden menos, producen menos y generan menos empleo.
La promesa de una economía más libre y dinámica choca contra los números de la realidad. El desafío ya no pasa solamente por recortar gastos, sino por construir un sistema capaz de recaudar de manera eficiente, combatir la evasión y sostener la actividad económica sin seguir trasladando el peso de la crisis a trabajadores y jubilados.
Porque cuando incluso parte del empresariado comienza a pedir cambios de rumbo, queda una pregunta inevitable: ¿hasta dónde puede sostenerse un modelo basado exclusivamente en el ajuste?























