«El aumento de las tarifas y la pérdida del poder adquisitivo están transformando al transporte público en una barrera de acceso al empleo para miles de familias bonaerenses.»
Antes de la inflación, antes del alquiler y muchas veces antes de llenar la heladera, miles de familias del Conurbano hacen cada mañana una cuenta cada vez más difícil de cerrar: cuánto cuesta ir a trabajar.
Lo que durante años fue una realidad asumida por millones de bonaerenses —vivir en el Conurbano y trabajar en la Ciudad de Buenos Aires o en los principales centros comerciales— hoy se está convirtiendo en un problema estructural. El aumento constante de las tarifas del transporte público, combinado con salarios que pierden poder adquisitivo, está empujando a muchos trabajadores a replantearse si realmente les conviene aceptar o mantener un empleo lejos de sus hogares.
La situación golpea con especial dureza a los sectores populares. En localidades como Cuartel V, Trujui, González Catán, Pontevedra, Bosques, Ingeniero Allan, Glew o los barrios más alejados de José C. Paz y La Matanza, llegar al trabajo suele implicar una verdadera odisea: varios colectivos, trenes saturados y hasta cuatro o cinco horas diarias perdidas entre ida y vuelta.
Para una empleada doméstica, un albañil, un trabajador de limpieza, un gastronómico o un empleado de comercio, el problema ya no es solamente el tiempo. Es el dinero. Cada aumento del boleto representa una porción cada vez mayor de un salario que no logra acompañar el costo de vida. En muchos casos, el gasto en transporte consume una parte significativa de los ingresos mensuales, reduciendo aún más una capacidad de compra ya deteriorada.
Mientras el Gobierno nacional sostiene una política de ajuste sobre subsidios y servicios públicos, la realidad muestra que el costo de la movilidad se ha transformado en una nueva barrera de acceso al empleo. Ya no alcanza con conseguir trabajo: también hay que poder pagar para llegar.
Las consecuencias empiezan a verse en toda el Área Metropolitana. Empresas y comercios encuentran dificultades para cubrir puestos presenciales porque muchos trabajadores consideran que el salario ofrecido no justifica el gasto y el desgaste del traslado. Del otro lado, crecen las estrategias de supervivencia barrial: ventas por redes sociales, pequeños emprendimientos familiares, changas y trabajos informales que permiten reducir costos y permanecer cerca del hogar.
Lejos de representar una mejora económica, esta tendencia refleja una realidad preocupante: cada vez más personas se ven obligadas a resignar oportunidades laborales porque el sistema de transporte dejó de funcionar como un puente hacia el trabajo y comenzó a convertirse en un obstáculo.
La historia del Conurbano fue construida por generaciones de trabajadores que dedicaron horas de viaje para sostener a sus familias. Sin embargo, cuando el costo de trasladarse crece más rápido que los salarios y el Estado se retira de su rol de garantizar la movilidad de los sectores populares, esa tradición empieza a encontrar un límite.
Porque cuando viajar para trabajar se convierte en un lujo, el problema deja de ser únicamente el transporte. Se transforma en una cuestión de desigualdad, de acceso al empleo y de exclusión social para millones de bonaerenses que ven cómo las oportunidades quedan cada vez más lejos de sus barrios.






















