Un año desde que el mundo despidió a una voz que eligió la humildad por encima del poder, el encuentro por encima del juicio, y la misericordia como camino. Su legado no se mide solo en palabras, sino en gestos: en cada abrazo a los olvidados, en cada llamado a cuidar la casa común, en cada invitación a mirar al otro con compasión.
Francisco nos enseñó que la fe puede ser sencilla, cercana y profundamente humana. Que liderar es servir. Que escuchar también es una forma de amar.
Hoy no es solo un día de recuerdo, sino también de compromiso: el de seguir construyendo puentes donde haya muros, esperanza donde haya cansancio, y dignidad donde aún falte.
Su ausencia duele, pero su mensaje permanece.
Que su luz siga guiando nuestros pasos.






















