Por Víctor Hugo Denis | Las Dos Campanas
Muchos le preguntan a Javier Milei si alguna vez se detuvo a mirar de frente la realidad de las familias argentinas. No la de los números de una planilla económica, ni la de los discursos desde un atril, sino la que se vive todos los días en los barrios populares, donde llegar a fin de mes se convirtió en una batalla y llenar la olla es, para muchos, una preocupación cotidiana.
Presidente, ¿alguna vez compró un pañal para un bebé? ¿Sabe cuánto cuesta un litro de leche? ¿Alguna vez tuvo que elegir entre comprar un kilo de pan o llevar algo más para que sus hijos coman?
¿Alguna vez se sentó a una mesa popular a compartir un guiso, un plato de polenta o un puchero? Comidas sencillas, económicas y tradicionales que durante generaciones alimentaron a millones de trabajadores argentinos. Hoy, para demasiadas familias, ni siquiera esos platos están garantizados todos los días.
Mientras el Gobierno habla de ajuste, equilibrio fiscal y sacrificios, en los hogares hay madres que estiran la leche, padres que saltean comidas para alimentar a sus hijos y jubilados que hacen cuentas frente a una góndola para decidir qué pueden dejar de comprar.
¿De qué sirve hablar de recuperación económica si millones de argentinos siguen haciendo malabares para poner un plato de comida sobre la mesa?
El ajuste no es una cifra abstracta. Se siente en la heladera vacía, en los pañales que no se pueden comprar, en el chico que pide algo para comer y en el trabajador que cobra un sueldo y, aun así, no llega a cubrir las necesidades básicas de su familia.
Gobernar no consiste solamente en mostrar números ni en celebrar resultados macroeconómicos. Gobernar también significa comprender cómo vive el pueblo, cuánto cuesta alimentarse y qué sucede cuando los ingresos no alcanzan para cubrir lo indispensable.
La pregunta es inevitable: ¿Milei conoce de verdad el precio de vivir en la Argentina de los trabajadores, los jubilados y las familias humildes?
Porque el hambre no se combate con discursos, la pobreza no desaparece con consignas y la dignidad no puede esperar a que algún indicador económico mejore.
Para una familia trabajadora, un pañal no es un lujo. La leche no es un privilegio. El pan no es un capricho. Y un plato de guiso o de polenta no debería convertirse en la única esperanza de llegar a la noche con algo en el estómago.
Un país no puede considerarse exitoso si sus familias tienen que elegir entre comer, vestirse o pagar los servicios.
Presidente, menos discursos triunfalistas y más sensibilidad social. Detrás de cada número hay personas, detrás de cada ajuste hay hogares y detrás de cada plato vacío hay una realidad que ningún relato político puede ocultar.
La pregunta no es solamente si alguna vez compró un kilo de pan. La verdadera pregunta es si comprende lo que significa para millones de argentinos no tener dinero suficiente para comprarlo.
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