Por: Victor H Denis / Las Dos Campanas
Es la pregunta que resuena en cada mesa familiar, en cada jubilado que cuenta monedas para comprar medicamentos y en cada trabajador que descubre que su salario ya no alcanza para llegar a fin de mes.
Mientras el Gobierno de Javier Milei celebra indicadores macroeconómicos y la desaceleración de la inflación, millones de argentinos enfrentan una realidad muy distinta. El precio de los combustibles se ubica entre los más altos de la región y, en algunos casos, se acerca o supera valores de países con salarios varias veces superiores. La canasta básica para una familia tipo supera ampliamente el ingreso de muchos trabajadores y deja fuera de toda lógica económica a quienes dependen de una jubilación mínima.
La contradicción es brutal: quienes producen, trabajan y sostienen el país son los que más dificultades tienen para sobrevivir. Los jubilados cobran haberes mínimos que apenas cubren una fracción de los gastos mensuales, mientras el costo de los alimentos, los servicios, el transporte y los alquileres continúa presionando sobre los ingresos.
Sin embargo, la gran incógnita sigue siendo la misma: ¿por qué una sociedad golpeada por el ajuste no logra transformar su malestar en una respuesta colectiva más contundente?
Algunos analistas señalan el desgaste acumulado de años de crisis económicas. Otros hablan del desencanto con toda la dirigencia política, de la fragmentación social o del miedo a perder incluso lo poco que queda. También existe un sector de la población que continúa respaldando al Gobierno con la expectativa de que el sacrificio actual produzca resultados futuros.
Pero mientras las explicaciones se multiplican, la realidad avanza. Comercios que bajan sus persianas, jubilados que vuelven a buscar trabajo, familias que reducen el consumo de alimentos y trabajadores que, aun con empleo, viven cada vez más cerca de la pobreza.
La historia argentina demuestra que los pueblos tienen límites. La pregunta no es si existe malestar social; los números y la vida cotidiana lo evidencian. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más podrá sostenerse una sociedad donde el esfuerzo de trabajar ya no garantiza una vida digna y donde jubilarse parece haberse convertido en una condena económica.
El silencio de hoy no necesariamente significa conformidad. A veces es cansancio. A veces es incertidumbre. Y otras veces es la calma previa a una reacción que todavía no encuentra la forma de expresarse.






















