La crisis post electoral, en el Frente de Todos, dejó entrever fisuras y expuso alianzas forzadas, diseñadas para triunfar en los comicios del 2019, pero que generan contradicciones en el gobierno. Catarata de renuncias, diferencias entre Alberto y Cristina, y la obsecuencia como un fantasma orgánico que lleva al peronismo a la derrota.
Quien conozca o sea parte de la idiosincrasia peronista, sabe cuán desafiante es para sus fuerzas sociales consolidar unidades -desde la partida de su líder fundacional-, con el objetivo de acceder a los espacios de la política, y ejercer poder real. Este desafío, en ocasiones, se resolvió con naturalidad; como la que hizo Néstor Kirchner, un presidente escasamente votado, el ícono de toda una reinterpretación de lo que el peronismo debía ser en el siglo XXI: la res kirchnerista.
Tras su fallecimiento, se evidenció que su cintura política era un tanto más hábil que la de su esposa y presidenta, Cristina Fernández. Más allá de la valoración de su gobierno, fue Cristina quien se retiró de la Rosada tomando todas las decisiones posibles para la llegada de la coalición Cambiemos al poder. Después de una década ganada, la conductora natural del movimiento se había quedado con un grupo de leales; aunque fuera estos, pocoy nada.
Sorprendió a mediados del 2019 cuando, desde la legitimidad que la mayor parte del movimiento le asignaba, propuso a Alberto Fernández -el Jefe de Gabinete de Kirchner, que este mismo había echado y quien se pasó los años de Cristina haciendo lobby contra ella- como el posible presidenciable en una reconquista justicialista. Se sabe, era en realidad el fruto de una negociación ardua con Sergio Massa, con movimientos sociales y con dirigentes de amplia diversidad.
Nuevamente, y para soslayar el artificio, el flamante Frente de Todos (FdT) -con el sello peronista- reivindicaría esta cosa de la unidad: algo queexige liderazgo, por un lado, y cohesión interna, por otro. ¿Qué cohesión interna podría adquirir una fuerza electoral reciente, que acumulaba en listas viejos adversarios, y muy diversos líderes y enfoques sobre el modelo de país que se pretendía? Eso sí, con un granconsenso: sacar a Mauricio Macri -y a su gente- del Estado, tras una insólita toma de deuda en dólares, y cuatro años de castigo al bolsillo de los argentinos.
Victoria en 2019, y los bolsillos castigados exigieron respuestas al nuevo gobiernoque no llegaron. La situación económica se agravó -lo sé, con pandemia-, y la ciudadanía, sobre todo en la Provincia de Buenos Aires, no perdonó a un presidente que amenazaba por televisióny violaba restricciones en la intimidad; o a una precandidata a diputada nacional desconocida, a la que se le preguntaba por producción y trabajo, y contestaba con sexo, porro y deconstrucción.Quienes votaron nostalgia por los años cristinistas, se encontraron con otra cosa, que vino en el combo. Liberalismo, progresismo y hasta radicalismo. Poco peronismo.
El FdT llegó a las PASO sosteniendo un clima interno que, tras la derrota, implosionó. Y ahí, nuevamente, el fantasma de la líder que toma decisiones equívocas a dedo, sostenida en el aval de un club de la obsecuencia debida, que le permite errar.Obsecuencia que, además, parece haber rodeado al FdT lo suficientemente bien, como para que el presidente admita que, recién a partir del último lunes,escucharía a la ciudadanía.
Horas después de la derrota electoral afloraron internas,renuncias y unquiebre entre presidente y vicepresidenta, que puso al gobierno de Alberto en su momento más vulnerable: un show mediático de la política de políticos; y los problemas reales, postergados. Lo que a la fuerza se unió, comenzaba a resquebrajarse.
Internos y externos preguntándose por qué las PASO aplican para todas las fuerzas excepto para el peronismo, y si no es esta lealtad forzada la que conllevó a la primera derrota del movimiento unido en la Provincia.Preguntándose, también, si no será hora de admitir las tensiones internas, medirlas y, en todo caso, «el que gana conduce, el que pierde acompaña».
Pero son pocos, claro; y hasta temen decirlo abiertamente: no todos tienen la legitimidad interna y el aguante que tiene CFK. Es que decía Perón, precisamente, que existen dos tipos de lealtades: «la que nace del corazón (…) y la de los que son leales cuando no les conviene ser desleales». Veremos qué fichas se mueven ahora que, tras la derrota, las conveniencias comienzan a cambiar.























