Por Víctor Hugo Denis | Las Dos Campanas
La transformación económica que atraviesan Lanús, Avellaneda y Quilmes ya no puede ocultarse detrás de los indicadores oficiales. Lo que durante décadas fue uno de los principales polos industriales de la Argentina comienza a mostrar un escenario preocupante: menos producción, menos fábricas y más actividades vinculadas a la logística, el almacenamiento y la distribución.
Las históricas chimeneas que simbolizaban empleo, desarrollo y valor agregado están siendo reemplazadas por depósitos, centros logísticos y grandes galpones destinados al movimiento de mercaderías. Aunque estas actividades generan puestos de trabajo, su capacidad para sustituir el empleo industrial perdido es limitada y, en muchos casos, ofrece condiciones laborales más precarias y salarios inferiores.
Según un informe del Laboratorio de Desarrollo Sectorial y Territorial de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), la provincia de Buenos Aires atravesó entre 2016 y 2025 un proceso de estancamiento económico estructural. La crisis profundizada por la pandemia en 2020 provocó una caída histórica de la actividad y, si bien posteriormente hubo una recuperación parcial, los niveles alcanzados no lograron reconstruir la estructura productiva que existía años atrás.
La situación es especialmente visible en el sur del conurbano bonaerense. Lanús, Avellaneda y Quilmes, distritos históricamente ligados a la industria metalúrgica, textil, alimenticia y manufacturera, observan cómo muchas empresas reducen producción, suspenden inversiones o directamente cierran sus puertas. En paralelo, otros corredores provinciales captan inversiones destinadas principalmente a la logística y al comercio, actividades que responden más a la circulación de productos que a su fabricación.
Especialistas advierten que este fenómeno refleja un cambio profundo del modelo económico. Una provincia que históricamente fue el motor industrial del país comienza a depender cada vez más de actividades de servicios, transporte y almacenamiento, sectores que difícilmente puedan reemplazar el efecto multiplicador que genera la industria en la economía local.
La preocupación crece entre trabajadores, comerciantes y pequeñas empresas que dependen de la actividad fabril. Cada cierre industrial no sólo implica la pérdida de empleos directos; también afecta a talleres, proveedores, transportistas y comercios de barrio que forman parte de una extensa cadena productiva.
Mientras el Gobierno nacional sostiene que la apertura económica y la desregulación atraerán inversiones, los datos muestran una realidad diferente en gran parte del conurbano: la producción manufacturera continúa perdiendo terreno y el tejido industrial construido durante décadas comienza a debilitarse.
La pregunta que surge es inevitable: ¿puede una economía desarrollarse reemplazando fábricas por depósitos? Para muchos especialistas, la respuesta es clara. Sin una política industrial activa, sin crédito para la producción y sin protección del empleo, el riesgo es que la provincia más productiva del país termine convirtiéndose en una gran plataforma logística, con menos industria, menos valor agregado y menos oportunidades para los trabajadores.
Fuente: Laboratorio de Desarrollo Sectorial y Territorial (UNLP).























