Por Víctor Hugo Denis | Las Dos Campanas
Mientras el Gobierno de Javier Milei insiste en presentar al crédito como el motor de una supuesta reactivación económica, la realidad golpea con fuerza a millones de familias argentinas. El aumento sostenido de la morosidad, la pérdida de poder adquisitivo de los salarios y la creciente precarización laboral están provocando un fenómeno alarmante: cada vez más personas quedan excluidas del sistema financiero formal.
Según distintos informes, más de 5,3 millones de argentinos registran atrasos superiores a los 90 días en el pago de sus deudas, mientras que estudios recientes elevan esa cifra a casi 7 millones de personas fuera del acceso al crédito. La mora ya alcanza a casi tres de cada diez deudores del país, una señal inequívoca de que el ajuste económico está asfixiando a los sectores medios y populares.
Lejos de impulsar el consumo, como prometía el oficialismo, el endeudamiento se convirtió en una trampa para miles de hogares. La caída de los ingresos reales, el aumento de tarifas y servicios, y un mercado laboral cada vez más inestable reducen la capacidad de pago de las familias. Como consecuencia, los bancos endurecen las condiciones para otorgar préstamos y el crédito deja de ser una herramienta de crecimiento para transformarse en un privilegio para pocos.
Los jóvenes son uno de los sectores más golpeados. Informes privados advierten que cerca de cuatro de cada diez menores de 35 años presentan algún nivel de incumplimiento financiero, reflejando la dificultad de construir un proyecto de vida en un contexto marcado por salarios bajos, empleo precario y endeudamiento creciente.
La contradicción del plan económico es cada vez más evidente. Mientras el Gobierno celebra indicadores financieros y busca expandir el crédito para sostener la actividad, millones de argentinos ya no califican para acceder a un préstamo. Sin empleo de calidad ni recuperación salarial, el crédito difícilmente pueda convertirse en el motor de la economía. Por el contrario, la creciente mora parece convertirse en uno de los síntomas más visibles del deterioro social que atraviesa el país.
En los barrios del conurbano bonaerense, donde el consumo popular marca el pulso de la economía cotidiana, la situación ya se siente con crudeza. Comerciantes, trabajadores y jubilados enfrentan cada mes mayores dificultades para llegar a fin de mes, mientras la promesa de una recuperación económica continúa sin reflejarse en la mesa de millones de argentinos.






















