La eliminación de Japón en la Copa del Mundo dejó una imagen que esta recorriendó el mundo y que trasciende lo deportivo. Una vez finalizado el encuentro, el entrenador Hajime Moriyasu, visiblemente emocionado y con lágrimas en los ojos, se acercó a los hinchas que acompañaron a la selección durante todo el torneo y realizó una profunda reverencia (ojigi), el tradicional gesto japonés de respeto y agradecimiento.
Más allá del resultado, el seleccionado japonés volvió a demostrar los valores que caracterizan a su cultura: humildad, disciplina, respeto por el rival y reconocimiento hacia quienes los apoyaron. Japón compitió hasta el último segundo, nunca dejó de creer en sus posibilidades y cayó ante una de las selecciones más exitosas de la historia de los Mundiales.
La imagen de Moriyasu inclinándose ante su público se convirtió en un símbolo de grandeza deportiva. En tiempos donde muchas veces predominan las polémicas y los excesos, Japón dejó una enseñanza que va más allá del fútbol: saber reconocer el esfuerzo propio, valorar al rival y agradecer el apoyo recibido, aun en la derrota.
Una lección de respeto hacia la vida, la humanidad y el deporte que merece ser destacada y tomada como ejemplo en todo el mundo.
Por: Las Dos Campanas























