La Argentina atraviesa uno de los momentos sociales más delicados de los últimos años. La combinación de inflación persistente, caída del poder adquisitivo y recorte del gasto público está golpeando de lleno en los sectores más vulnerables, donde comer todos los días dejó de ser una certeza.
Desde la llegada de Javier Milei al gobierno, el ajuste económico impactó con fuerza en los ingresos reales. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), la pobreza se mantiene en niveles elevados y millones de personas dependen de comedores comunitarios para alimentarse.
En los barrios populares, la situación se vuelve cada vez más crítica. Referentes sociales advierten sobre un aumento en la demanda de alimentos y una reducción en la calidad nutricional de las comidas. Carne, leche y productos frescos empiezan a desaparecer de muchas mesas, reemplazados por opciones más económicas y menos nutritivas.
Aunque en redes sociales circulan versiones extremas —como el supuesto consumo generalizado de carnes no habituales— lo cierto es que no existen datos que confirmen que esas prácticas sean masivas. Sin embargo, esas narrativas reflejan un clima social marcado por la angustia y la incertidumbre.
El verdadero problema es más profundo: una sociedad donde el acceso a la comida empieza a ser desigual. Mientras algunos sectores logran sostener su nivel de vida, otros caen en una lógica de supervivencia diaria.
La pregunta que sobrevuela es hasta dónde puede tensarse esta situación sin consecuencias mayores.
Fuente: Instituto Nacional de Estadística y Censos, informes sociales y relevamientos territoriales
Medio: Las Dos Campanas






















