Era un típico jovato porteño, bohemio, de los años treinta. Pasaba la mayor parte del día y buena parte de la noche en “su” mesa del cafetín. Allí tomaba café, se reunía con amigos, debatía y escribía artículos para la prensa. El cafetín era su casa y su oficina. Trabajaba de periodista cultural y hacía críticas y reseñas para los diarios, pero redactaba los borradores allí. Un día vio a una chica entrar al cafetín y notó de inmediato las huellas del hambre. El hambre era un viejo amigo suyo. Hacía que mucho que no tenía hambre pero lo reconocía de un vistazo. La chica era flacucha, morochita, casi adolescente. Con la mirada buscaba a alguien para manguear. El hombre no esperó. Le hizo señas de que se acercara. -¿Hace mucho que no comes?-Dos días.-Bueno, a partir de ahora venite todos los días a esta mesa y vas a comer algo, hasta que consigas trabajo. La flacucha casi se pone a llorar. El hombre le pidió un café con leche y medialunas y luego le hizo servir un guiso de lentejas, que ella se lo devoró.
Ella venía todos los mediodías a comer en la mesa del viejo porteño. Le contó que era del interior, de un pueblito. Como tantas otras. Tenía muchos sueños y nada de dinero. Quería ser actriz, de esas de la radio, del cine. Como tantas otras. El viejo porteño se entretenía viéndola comer. También notó que no le faltaba carácter.
Un día la chica vino feliz:-¡No me va a creer lo que pasó! ¡Conseguí entrar a la radio!
El viejo porteño se alegró. Ella le dijo que nunca lo iba a olvidar. -Usted me ayudó sin pedirme nada a cambio. Algún día se lo voy a devolver.-Olvídese, mija. Vaya y sea feliz.
Pasó el tiempo. A la piba le fue bien. Empezó a aparecer en radioteatros, en fotos de revistas, hasta en una película. El viejo porteño pensaba: al fin una que triunfa entre tantas que se pierden en el camino. Le fue tan bien que llegó alto, muy alto, más que todas las chicas a las que había conocido.
Pasaron los años y el viejo porteño seguía igual. Siempre en su mesa, escribiendo. Sólo un poco más rezongón, encorvado, más arrugado. Una noche se detuvo un auto de lujo frente al cafetín. Era grande, negro y brilloso, un auto oficial. La gente se arremolinó en la calle. Una mujer muy elegante e imponente se abrió paso desde el auto hasta el cafetín, hasta su mesa. El viejo la reconoció.-¡Mi amigo! -dijo ella- Usted debió pensar que me había olvidado, pero no. Sólo estuve muy ocupada. Hoy pasé por acá, reconocí el cafetín y aquí me tiene. Claro que no lo olvidé. Yo estaba muerta de hambre y usted me ayudó cuando nadie lo hacía. ¡Y sin pedirme nada! ¿Sabe de cuántas chicas se aprovecharon por un plato de comida? Pero usted no. Usted siempre fue un señor, un padre para mi. Por eso quiero devolverle lo que me dio, ahora que puedo. ¿Qué precisa, mi amigo? ¿Una casa, un auto? Pídame lo que quiera que yo se lo voy a conseguir.
Ella estaba llorando. Y el viejo también lagrimeaba un poco. Le respondió:-Lo que yo esperaba ya me lo diste, mija.-¿Y qué es?-Muchos motivos para estar orgulloso de vos.
Ella se fue. Y durante muchos días se comentó en toda la cuadra que Eva Perón había detenido el auto presidencial para ir a hablar en persona con ese viejo loco. Por, Javier Garin.























