La desocupación y la pérdida del poder adquisitivo golpean al transporte público. Cada vez más familias enfrentan dificultades para sostener sus gastos cotidianos, mientras el sistema acumula señales de alarma.
Un relevamiento de la Asociación Argentina de Empresas de Transporte Automotor (AAETA) encendió una señal de alerta: durante los días hábiles de octubre, la cantidad de pasajeros transportados en colectivos cayó un 13,2% interanual. Hasta el 13 de octubre se contabilizaron 8.022.494 pasajeros, aproximadamente 1,2 millones menos que en el período comparable de 2025, según los datos difundidos.
Detrás de estas cifras hay una realidad social que no puede ignorarse: la falta de trabajo, la desocupación y la pérdida de ingresos también se sienten en las paradas de colectivos. Cuando una persona pierde su empleo, cuando un trabajador deja de viajar porque no puede afrontar el costo del boleto o cuando una familia debe recortar hasta los gastos indispensables, la crisis económica deja de ser una estadística y se convierte en un problema cotidiano.
La caída del número de pasajeros no demuestra por sí sola cuál es la causa principal, pero se produce en un contexto de dificultades económicas que obliga a mirar más allá de los números. Menos empleo significa menos viajes al trabajo; menos actividad comercial puede representar menos traslados y menos ingresos para miles de hogares.
El impacto alcanza especialmente a los trabajadores del Conurbano bonaerense, los estudiantes y las familias que dependen del transporte público para llegar a sus destinos. Para muchos, viajar no es un lujo: es una necesidad. Sin embargo, cuando el bolsillo no alcanza, hasta trasladarse se convierte en un gasto que hay que calcular.
A este escenario se suman las dificultades financieras de las empresas de transporte y las advertencias sobre posibles reducciones de frecuencias. Si el sistema pierde pasajeros y se deteriora el servicio, quienes más sufren son los usuarios que no tienen otra alternativa para movilizarse.
La pregunta es inevitable: ¿qué está pasando con una economía en la que cada vez cuesta más trabajar, viajar y llegar a fin de mes? No alcanza con discutir subsidios, tarifas o balances empresariales si no se aborda el problema de fondo: la situación de quienes necesitan un empleo digno y un salario que les permita vivir.
Porque cuando falta trabajo, también se resiente el transporte. Y cuando una familia debe elegir entre pagar el boleto o cubrir otra necesidad básica, la crisis ya no es solamente económica: es social.
Las cifras de AAETA deben servir como advertencia. Recuperar el empleo, sostener los ingresos y garantizar un transporte accesible son cuestiones que afectan directamente la vida cotidiana de millones de personas.
Por Víctor Hugo Denis | Las Dos Campanas























